Las primeras palabras
Andrei Peña
“Sáquese de aquí, pinche perro”, recordaba doña Soco. Así le había dicho al Canelo aquel día, con una piedra en la mano, al descubrirlo con el hocico metido en el maíz de los puercos, y ahora no paraba de llorar frente al pequeño ataúd, maldiciendo al asesino desalmado. “Pocos huevos”, gritaba de coraje al grupo de gente que, con la tristeza escurriéndoles de los sombreros, miraban la única foto que se guardaba de él.
El cura se acercó acompañado de un monaguillo, quien apenas podía sostener el incensario y tropezaba entre los montoncitos de lodo que la lluvia empezaba a reunir. El niño parecía distraído, y se tragaba los mocos de vez en cuando; temía que su llanto molestara al cura que marcaba una cruz con dos pinceladas de agua bendita, perlando la imagen del Canelo enmarcada en caoba.
“Me cae que si el perro sale conmigo en la foto gano la elección”, recordaba don Timoteo, el presidente municipal de San Pedro Lagunillas, al mirar la propaganda donde a él lo habían recortado, donde su eslogan, que tanto trabajo le costó, había sido reemplazado por el nombre del perro, escrito a base de margaritas y hojas de plátano.
El cura no sabía qué decir, ni cómo referirse al perro. Pensó en llamarlo hijo de Dios, pero después tendría que explicar cómo se diferenciaban los perros de los hombres. Se le ocurrió que quizá alguien podría pasar a dar unas palabras, pero los rostros de ese centenar de personas no parecían estar en ánimos de hablar.
“Si ese perro pide el diezmo, en serio que ahora sí termino las obras”, recordaba el Cura, mientras veía de reojo su capilla, adornada con azulejo y la enorme cruz en la que habían encontrado al Canelo, colgado, con la panza abierta a machetazos y las tripas de fuera, como mecates mojados que esparcían chorros de sangre sobre los adoquines.
Después del velorio, lo sepultaron en el panteón municipal, y el llanto de la gente regresó a las casas junto con ellos, a dormir, a comer, todos menos doña Soco, quien a pesar de los llamados de atención de su esposo, de las súplicas de su familia, se quedó a cuidar la tumba: tenía miedo que alguien pudiera desenterrarlo en la madrugada para quemarlo, o venderlo como rareza.
El barullo de una chusma la despertó de un brinco, el sol estaba saliendo y doña Soco notó con miedo que la rodeaba un grupo de gente muy distinta a la del pueblo, eran reporteros, citadinos con ropas planchadas, micrófonos en mano y una docena de cámaras que se apretujaban para obtener el mejor ángulo. Un reportero se acercó a ella, después de sortear a una docena de colegas le puso la cámara en el rostro y agregó desesperado: “Señora, ¿usted era la dueña del perro?”, a lo que doña Soco no respondió, aún sentía el sopor de las piernas que le había dejado el frío de la noche. “Señora, ¿es cierto que mataron a este perro porque podía hablar?”, volvió a la carga el reportero y doña Soco se levantó con pereza, miró a los periodistas con coraje y dijo: “Al Canelo lo trajo Dios mismo y lo mataron los muy cabrones”.
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Aquella noticia pasó desapercibida durante semanas, y sólo formaba parte de las curiosidades con las que se adornaban las secciones de entretenimiento, o de Mundo raro, bajo el título de: “Pueblo en México creía que el perro les hablaba”. Todo cambió cuando a los pocos meses, otra noticia del mismo corte arrasó con los titulares del mundo. La nota hablaba sobre un perro que había saludado a una bola de turistas mientras trataban de enfocar sus cámaras hacia la torre Eiffel, captando el momento específico del Salut que los dejó boquiabiertos y aterrorizados, estáticos ante el perro que desapareció por las calles. Cuando lo buscaron nadie dio con él.
El video se hizo famoso en cuestión de minutos y ocasionó las reacciones de diversos personajes, quienes se abstuvieron de declarar sobre el asunto, respondiendo que bien podía ser una falsificación como las miles que pululaban en la ya saturada Internet; argumentos que mantuvieron en pie hasta que se enteraron de otros casos, como el del perro que había sido baleado en el Bronx tras proferir un largo Motherfucker a unos pandilleros locales que, consumidos por los efectos del crack, no dudaron en atravesarle el cuerpo a balazos, o la nota que involucraba a un perro palestino que clamó libertad al lado de su dueño, antes de que les respondieran con disparos desde el muro, o el perro chino que había suplicado piedad cuando se vio rodeado por un grupo de hombres, que vieron en él la mejor medicina naturista.
“Esto es un aviso de que el hombre ya no hablará sólo con el hombre”, declararon varios filósofos, “No olvidemos que el primer perro hablador es latinoamericano”, respondieron los dirigentes políticos, “es una condición evolutiva del perro”, dijeron los científicos, “También hay que considerar que el perro es un símbolo del mal”, agregaron los religiosos, pero nadie tenía la certeza de que los perros hubieran dicho algo.
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En San Pedro Lagunillas, doña Soco había pasado rasero a sus deudores; hombres en su mayoría, atiborrados de intereses que ella nunca quiso cobrar a la mala, pero que se veía en la necesidad de hacerlo para así pagar la construcción del mausoleo, decorado con azulejos de flores verdes y vetas ámbar. Encima de la cúpula miniatura, el herrero, un deudor más, doblaba las varillas, reconstruyendo el esqueleto del Canelo y agregando la carne de bronce que doña Soco había juntado de sus vajillas, cucharas y demás avíos de cocina, aceptados como pago de las pocas mujeres que le debían. Embarraba su tristeza en el reboso, pero con la satisfacción de ver la obra, digna del difunto. Mientras supervisaba los detalles de la enorme construcción, tan grande que hacía del resto simples protuberancias de tierra y adoquín, escuchó el gritó de “ahí vienen los periodistas”.
Y los periodistas llegaron, pero no eran ellos quienes encabezaban la caravana, sino un grupo de “hombres de ciencia”, vestidos como exploradores de junglas que, armados con órdenes y papeleos que doña Soco no se molestó en leer, le ordenaban exhumar el cuerpo del Canelo con fines de investigación para el país. “Qué el país, ni qué ocho cuartos”, dijo doña Soco y les tiró los papeles al piso, “¡A mí canelo no lo tocan, cabrones! ¡Vayan a desenterrar a su mamás que han de estar muertas por tener tantos hijos pendejos!”. Los gritos de la mujer llamaron a los curiosos, a los que repartían el grano a los animales, a los borrachos de la mañana, a las mujeres que traían sus botes de leche con marca gubernamental, todos se acercaron, despidiendo indignación al ver que la anciana se esforzaba por impedirles el paso a los extraños. Un mensaje se pasó entre voces: “Quieren desenterrar al Canelo”, pero los borrachos, con el dolor de cabeza y una amnesia momentánea, terminaron por confundirlo y transmitieron otro mensaje: “Quieren enterrar nuestro predio”. La ira de la turba mal informada no se hizo esperar, los recuerdos de San Pedro Lagunillas, sepultado por montes de lodo cuando instalaron la presa, los llenó de furia y arremetieron contra los extraños, haciéndolos regresar a punta de palo y pedradas que reventaron varias cámaras y dejaron descalabrados a uno que otro científico. Subieron a las camionetas y se perdieron a través de la tierra, mientras doña Soco, ya recuperada, agregó a gritos: ¡Los que mataron al Canelo nos están echando al gobierno, hay que agarrarlos a los desgraciados!
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San Pedro Lagunillas fue descartado de la investigación internacional, ningún grupo de exploración se atrevió a regresar después de lo que había pasado. La desesperación se apoderaba de las instituciones, los supuestos perros parlanchines sólo eran restos quemados, hervidos, putrefactos, inservibles para comprobar un avance evolutivo en la especie. Era tanto el agobio que se difundieron miles de carteles, con el lema escrito en varios idiomas:
SI OYE HABLAR A UN PERRO, NO LE HAGA DAÑO, OBTENDRÁ UNA CUANTIOSA RECOMPENSA, COMUNÍQUESE AL…
El dinero ofrecido era tan alto que los fraudes no se hicieron esperar: aparecieron miles de perros con grabaciones pegadas al pecho, otros tantos con grasa en el hocico e intentos de ventrílocuos detrás de ellos, y los más, miles de perros, muertos en la persecución, después de que a cientos de personas les pareció que el Guau sonaba a un insulto o un inicio de conversación. El fracaso fue rotundo, y se esparció el rumor de que sólo se estaba desviando la opinión pública de los sucesos económicos y políticos que habían pasado a segundo plano, como la invasión estadounidense hacia Corea del Norte, la extracción de los primeros minerales en la luna por parte del gobierno Chino, o el intento de unificación de América Latina bajo la mano de un dictador tropical; encontrar a un perro que hablara, era más que necesario para recuperar la poca credibilidad de los gobernantes, desesperados por legitimizar sus acciones.
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Doña Soco escupió sobre uno de los hombres y le asestó un bastonazo que lo dejó inconsciente varios minutos, hasta que lo despertaron a base de éter y puntapiés. En San Pedro Lagunillas habían dado con los supuestos asesinos del Canelo, que también eran los supuestos chismosos del gobierno que nadie deseaba. Los tenían arrodillados frente a la tumba del perro, les ordenaban pedirle perdón al perro de Dios —como habían apodado al Canelo—, querían una explicación, saber los motivos de su crimen. Pero sus respuestas eran vagas, apenas unos gemidos mezclados con palabras. La muchedumbre no perdió el tiempo: los colgaron en un eucalipto que hacía sombra sobre el mausoleo del Canelo, y la tarde se encargó de esparcir un ligero aroma a muerto sobre el panteón.
Al día siguiente se despertaron con el ejército recorriendo las calles, con la policía desayunando en sus cocinas. Nadie salió hasta que los tiros los obligaron y los gritos de doña Soco se esparcieron por el pueblo; lloraba detrás de los uniformados, quienes habían destrozado el mausoleo y subían el pequeño ataúd hacia una camioneta manchada en verde y negro. Los demás soldados habían organizado grupos de trabajo, con la misión de inspeccionar la zona, en búsqueda de otros Canelos. No decían nada, sólo avanzaban con el fusil en mano y cuando alguien preguntaba algo, respondían con dureza: “órdenes internacionales”.
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Hacía dos años ya desde lo que los expertos denominaron como el efecto perro parlanchín, y la suma de resultados eran los peores en mucho tiempo: una guerra en América latina contra el dictador tropical, un bloqueo económico hacia china por los Estados Unidos, un decrecimiento económico en Europa, el hundimiento de Corea del Norte junto con Corea del Sur por las Bombas que se arrojaron, y varias guerras civiles que habían olvidado sus causas iniciales. Pero el peor resultado era que, a pesar de los esfuerzos, de la creación de un comité especial, del gasto en investigación, nunca se encontró a ningún perro que hablara, sólo quedaban los videos que se habían tomado, las imágenes que se esparcían como virus por el Internet, la hamburguesa perro parlanchín que anunciaba un perro y decía al probarla: ”con este sabor hasta yo hablo”, las canciones dedicadas a los perros habladores, las playeras, los logos, los botones, los testimonios, de los que sólo se recordaba el de doña Soco cuando repetía en las pantallas de televisión: “Al Canelo lo trajo Dios mismo y lo mataron los muy cabrones”. Así quedó sellado el primer intento de los perros por comunicarse con sus vecinos, años después lo intentaron los gatos y fueron exterminados cuando el primero cambió su miau por un hola. Los perros regresaron a comer basura, a fingir ladridos y a callar sus incipientes ideas. Lo intentaron siglos después y cuando ya no hubo hombres, por fin pudieron hablar.
