La desafortunada primera reunión de ANI-X
Andrei Peña
Esperaban debajo del reloj. El metro Tlatelolco lucía atestado de cientos de jóvenes, con un aroma a nuevo: vestían playeras con dibujos japoneses, los ojos gigantescos parecían mirar al resto de usuarios que avanzaban impávidos. En el andén, los tres amigos acababan de presentarse, se habían reconocido por un gafete que decía en letras pastel: Foros de Ani-X.
No se conocían, a pesar de haberse tratado durante más de cuatro meses, de intercambiar comentarios, emoticones con caras sonrientes o que hacían señas con el dedo, de mandarse mensajes privados, o preguntarse cómo iba su semana. Toda su interacción se concentraba en los foros de Ani-X, junto con las miles de publicaciones de otros usuarios; pensamientos y charlas que se almacenaban en Internet. Únicamente sabían lo básico: lo que se mostraba en la descripción de su perfil, su nickname y el avatar que los representaba, de dónde eran y alguna que otra foto de cámara web, maquillada hasta el hartazgo, que sólo mostraba medio rostro, medio ojo, medio cuerpo, un intento de retrato en colores sepia o con un fondo agua en destellos pastel. Todos tenían fotos así, a excepción de ella, la chica que esperaban impacientes, ansiosos por conocer: Super-Akane, la sensación del foro que había respondido de manera coqueta en el tema que abrieron para la ocasión: REUNIÓN DE ANI-X EN LA TNT.
Cada uno de ellos estaba desesperado de diferente forma: Onilink, quería saber cómo era, si tenía algún parecido con el anime del cual había tomado su nombre, del mismo que él llevaba una playera larguísima, la que apenas alcanzaba a cubrir su gigante y rollizo cuerpo, con un estampado de la Akane-caricatura vestida como colegiala y levantaba las piernas sobre un barandal iluminado por el sol.
—Les digo que esperemos unos veinte minutos más —dijo Onilink.
—¿No te dio su celular? —preguntó Renzokuken.
—No. No se lo ha dado a nadie.
—Ya vámonos. Ya la esperamos media hora. No va a llegar —dijo Renzokuken, que había pedido de la manera más atenta le llamaran Renzo. Estaba convencido de que no llegaría y su ansiedad era producto del retrazo para acudir a la firma de autógrafos de una banda de Rock Japonés, quienes sólo estarían una media hora libres, antes de que el primer acorde de guitarra abriera el concierto.
—Veinte minutos, wey —dijo Onilink y miró de nuevo el reloj que yacía sobre sus cabezas.
—Ese reloj está mal —dijo Otaru mientras cruzaba las piernas y se tambaleaba de un lado a otro—. Ya llevamos cincuenta minutos esperándola.
—Bueno, diez minutos —dijo Onilink para tratar de mediar las cosas—. Diez minutos, si no nos vamos, ¿va?
Renzo frunció los labios en reproche y comenzó a descartar la posibilidad de llegar a tiempo, Otaru chasqueó la boca; aunque por su mente no pasaba ninguna preocupación en específico y parecía el menos ansioso de los tres, una ganas terribles de orinar lo sacudían desde su entrada al metro.
Super-Akane había publicado su puntual arribo a las doce, debajo del reloj. En su mensaje adjuntó una foto a pantalla completa del cosplay que pensaba hacer, mas no de ella. Así que sólo podían mover las cabezas, buscándola a través de los cientos de personas que descendían en la estación, primero se fijaban en las chicas guapas, después las mujeres maduras y hasta el último prestaban atención a quienes para ellos no podría ser Super-Akane.
—¿Ustedes son los de Ani-X? —preguntó una voz. El corazón de los tres se agitó al momento y las ganas de orinar en Otaru ascendieron como espuma.
Voltearon casi en sincronía y frente a ellos estaba una chica que no rebasaba los diecisiete años, peinada de coleta de caballo, esquelética, con un cuello largo del cual colgaba el gafete que hacía referencia a los foros. No era sumamente bella como esperaba Onilink, ni vestía el disfraz prometido en su foto, pero a cambio de eso su presencia irradiaba una especie de ternura e ingenuidad que los dejó atónitos varios segundos.
—¿Eres Akane? —preguntó Onilink, con un sentimiento fingido de incomodidad.
—No —respondió ella, frente a la sorpresa de los demás y su rostro pasó de una notoria alegría a una molestia evidente—. Soy Rinoa… bueno me llamo Mariana, pero mi nick en Ani es Rinoa.
—¿Rinoa? —preguntó Renzo—. ¿De la familia Hell de los foros?
—Sí.
—¿Qué no iban a estar juntos allá adentro? —dijo Renzo.
—Sí, pero les dejé un mensaje ayer, ¿no lo vieron? —preguntó ella y los demás negaron con la cabeza—. Que se iba a cancelar lo de la familia Hell y que si podía ir con ustedes.
—Yo te respondí —dijo Otaru—. Pero no pensé que fueras a venir.
—En sí, ya no iba a venir, por eso se me hizo tarde, pero me animé porque también voy a ver a unos amigos en la T.N.T.
—¡Oh! —dijo Onilink y notó con desagrado que la chica miraba a Otaru de forma enamoradiza. “Pinche niño bonito”, pensó —. Pues estamos esperando a Akane —agregó molesto al ver de nuevo el reloj.
—¿Por qué no nos vamos y la vemos allá dentro? —impuso Otaru, completamente desesperado—. Que nos busque.
Escucharon el pitido del metro y Onilink sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo. “Viene en este metro”, pensó y giró la cabeza como una especie de ave. Las puertas del convoy se abrieron, a lo lejos lograron reconocer una falda blanca que envolvía unas piernas brillantes, ceñidas con unas medias escolares. “Sí, es ella”, pensó emocionado Renzo al reconocer el disfraz prometido, oculto por una chamarra de mezclilla. La chica se acercó más y Onilink notó su corte de cabello hasta el mentón, unos labios rojizos y diminutos dibujaban una línea en su rostro, idénticos a los de la Akane-caricatura.
—Ya llegó —musitó Onilink y los demás olvidaron por varios segundos a Rinoa quien miraba en la dirección opuesta, arrepintiéndose de haber llegado con ellos.
Llevaban ya un par de horas en la T.N.T. y sólo Onilink hablaba fluidamente con ella, los otros dos la seguían atónitos y cada vez que Akane preguntaba algo, se volvían un manojo de confusión, repletos de respuestas partidas a la mitad. En cambio Onilink le demostraba a cada segundo su basto conocimiento sobre los diferentes animes que tenía en su casa y coleccionaba como si fueran diamantes, sobre sus clases de japonés y su sueño constante de vivir en Tokio, sobre la base de datos que era su mente y cómo lograba memorizar cada uno de los poderes principales en el juego de tarjetas de Pokemon, a lo que Akane respondía siempre con un: “oh, a ver cuándo me invitas”, y Rinoa pensaba: “oh, a ver cuándo te callas, pinche gordito”.
Rinoa estaba a punto de despedirse, la búsqueda de sus amigos había fracasado y los de la prepa le cancelaron con un mensaje al celular, el cual recibió mientras trataba de platicar con Otaru. Quería huir de ellos lo más pronto, antes de que desearan regalarle a Akane una foto autografiada del Sr. Burns. Su decepción era general, incluyendo a Otaru, por el que había sentido una gran atracción al descargar su imagen, cuando días atrás echó un vistazo en el tema: FOTOS DE LOS DEL FORO. Pero sabía que no le quedaba ninguna oportunidad frente a “¿Akane? Ni siquiera les ha dicho cuál es su verdadero nombre”, pensó. Su belleza natural y su sonrisa perfecta se veían opacadas por el voluminoso cuerpo de Akane. “No tiene veinte años”, pensó Rinoa mientras veía a Renzo, quien a escondidas de los otros dos, compraba una figurilla de colección y pedía una bolsa de regalo para chica.
Akane interrumpió la palabrería de Onilink y disculpándose, caminó hacia Rinoa, dejándolo en suspenso cuando éste se preparaba a demostrarle cuánto sabía de la cultura japonesa en una trivia de anime de los ochenta.
—Oye, Rinoa —le dijo, Akane.
—Mariana —dijo ella molesta.
—Bueno. Mariana. ¿Me acompañas al baño?
A Rinoa sólo le quedó maldecir su suerte y acompañarla, mientras los demás veían el tiempo muerto como una oportunidad para gastarse su dinero en algo “lindo” para Akane, o alistarse a competencias en donde ella pudiera ver sus conocimientos, o simplemente, como en el caso de Otaru, preparar la siguiente línea a pronunciar.
Cruzaron hasta los baños y en el trayecto Rinoa notó que el rostro gentil de Akane se decomponía en una cara de frialdad, sus ojos dulces y brillosos ahora eran de un fuego profundo cuando se acercó a ella y le susurró al oído:
—A ver si ya te vas. No te conviene estar con nosotros.
Rinoa se quedó sorprendida por un momento. Inclusive el tono de voz había cambiado en la dulce Akane, que ahora parecía más una chica de barrio que reclamaba por su hombre.
—¿Por qué…? —tartamudeó Rinoa.
—No creas que no te veo cómo le clavas tus ojitos a Otaru.
—¿Y eso a ti qué te importa? —dijo Rinoa molesta—. Los otros están embobados contigo.
—Me importa, porque Otaru ya me dijo en un mensaje privado que si quiero ser su novia oficial de Ani. Así que por favor vete de una vez.
Akane no dijo más, se dio media vuelta y su enorme falda blanca ondeó ante la mirada atónita y cristalizada de Rinoa, quien sujetaba su mochila con dureza y salió con un par de lágrimas escurriéndole.
Al verla regresar los tres retomaron sus posiciones: Onilink estaba a punto de demostrarle su destreza en una máquina de baile, Renzo sostenía su regalo “¿Cómo se dice en japonés, para la flor más bella del evento?”, pensó; Otaru intentaba convencer al dueño de un karaoke que lo dejara cantar el tema de un anime con dedicatoria. Akane los miró unos segundos y una sonrisa de emoción fingida se dibujó en sus labios.
El día, y la T.N.T. estaban por concluir y dejaban atrás las horas de combate enardecido entre los tres. La competencia había sido en todo lo posible, o lo que les era posible, para demostrar quién era el supremo: breves juegos de rol, docenas de duelos con tarjetas, trivias sobre ánime, trivias sobre J-pop, trivias sobre J-rock; todas las habían agotado.
Estaban por abandonar el Centro de Convenciones, molestos por no haber alcanzado raciones de sushi: una horda de adolescentes disfrazados de ninjas, con pedazos de metal en la frente habían agotado todo. Decidieron comer fuera, Akane los había invitado a su casa y, lógicamente, aceptaron sin ningún reproche.
—¿Y esta chica? —preguntó extrañado Otaru, mientras se movía a empujones para librar la salida de todos los asistentes y posicionarse al frente, donde Akane parecía ir sola—. ¿Ésta…? ¿Cómo dijo que se llamaba?
—Rinoa —dijo Onilink.
—Creo que encontró a sus amigos —dijo Renzo sin despegar la vista de su mano, donde la bolsita con el regalo para Akane esperaba a que se atreviera a dárselo.
—Y no nos avisó —dijo Onilink—. Ella se lo pierde. Además como que era de hueva, ¿no?
Otaru comenzó a sentir su vejiga estallar de nuevo. “Para qué tomé tanto refresco”, pensó. Les dijo que lo esperaran en la salida, que ahí los encontraría en cinco minutos. A lo que Onilink le respondió “no hay problema, me marcas cualquier cosa”, y pensó emocionado: “Ya se va el bonito”. Cuando lo vio perderse en la multitud estiró su dedo sobre el celular y lo apagó rápidamente.
Caminaban por las calles de Peralvillo, afortunadamente para ellos, Akane vivía muy cerca. Aún tenían tiempo suficiente para comer, quizás ver alguna película de las docenas que guardaban en sus mochilas y tal vez Renzo se atrevería a darle su regalo.
Un celular sonó y por un momento Onilink sintió que no había apagado por completo su teléfono, o que Otaru había dado con ellos, o que su mamá le llamaba para preguntar dónde estaba, pero se relajó al darse cuenta que Akane se llevaba el aparato al oído y profería con su voz dulce:
—Sí, mamita. Sí, ya vamos a llegar. Ah, es que invité a unos amigos, ¿no hay problema verdad? Ajá. Sí. Sólo dos. Otro chico ya no quiso venir. Ya estoy aquí a punto de dar la vuelta. Ahorita te veo. Bye. Besos, besos.
Akane guardó el celular y Onilink ya no sabía de qué hablar con ella ni la forma de abordarla, tan sólo verla le resultaba hipnótico. “Además de todo es una chica de familia”, pensó, “debo de caerle bien a su mamá”. Dieron vuelta en la calle de Beethoven y en la esquina atisbaron una vecindad, oculta entre una refaccionaria y una tienda de abarrotes. Entraron después de librar una puerta de metal que parecía extirpada de un bunker. Akane los guió a través de un pasillo húmedo y maloliente, hasta llegar a un cuarto arrinconado en el fondo. Metió la llave, giró con rapidez y los invitó a pasar. Akane apretó un contacto y la luz iluminó una habitación escasamente decorada, con un aroma a distintas esencias acres que parecían deambular como espectros sobre las paredes. A diferencia de lo que Renzo imaginó, no había posters, ni un catálogo de música japonesa, sólo se podían mirar los retratos de varios santos, decorados con cuentas multicolores y pedazos de cera esparcida en forma de plastas en el piso.
—Voy a decirle a mi mamá que ya llegué —dijo Akane— y si nos deja estar en mi cuarto, ¿va, chicos? Mientras porque no se sientan. Nada más no muevan nada. Es negocio de mi tío.
—¿A qué se dedica? —preguntó Renzo sin separar la mirada en un cuadro donde reposaba un Santo con los pies quemados y el rostro como un cadáver.
—Hace limpias y no sé qué más cosas —dijo Akane con un tono de voz que era similar al que usó con Rinoa.
—¡Órale! —dijo fingidamente Onilink—. Qué bien. A mí me interesa mucho esto.
—Ya veremos —musitó Akane y salió del cuarto. Metió la llave de nuevo y giró la cerradura hasta que la puerta quedó sellada.
Dio un largo respiro y comenzó a quitarse el brillo en los labios. Esperó unos segundos mientras miraba las pocas estrellas que atravesaban el cielo, hasta que una voz gruesa interrumpió sus pensamientos.
—¿Por qué sólo un par? —le cuestionó la voz que provenía de un tipo moreno y alto.
—El otro creo que lo engañaron para que no viniera. Pero con estos te alcanza, ¿no? —dijo Akane y estiró la mano.
—Te voy a dar sólo la mitad, el resto te lo pago cuando compruebe si me sirven.
—No, cabrón, págame completo. Es una joda tener que soportar a estos monitos.
—Ya, no te quejes. Ni que no te gustara estar ahí en las convenciones —dijo el hombre a carcajadas.
—¿Tienes una mejor forma de conseguir hombres vírgenes para tu pinche santería?
—Bueno, ya. No te diré más, Akane.
—No me digas así, cabrón —estalló ella.
—Tranquila, tranquila. No le faltes al respeto así a tu mamá.
—No te pases de chistoso —reclamó ella y de su mochila comenzó a sacar un pantalón azulado, se recogió el cabello, se hizo una coleta y extrajo unos cigarros de su bolsa.
—Bueno, si no me sirve la sangre, mañanita te vas por otros tres… Pero ahora sí tres. ¿Cuánto dices que dura la…? ¿Cómo se llama? ¿NTE.?
—La TNT.
—Bueno, esa chingadera.
Quedaron en silencio unos segundos mientras ella hacía una pausa para encender el cigarrillo y el hombre jugaba con el machete que sostenía sobre su mano. Alcanzaron a escuchar la voz de Onilink quien practicaba su charla en japonés con Renzo.
—Bueno, ya págame, ¿no? —dijo ella, irritada, al sentir un escalofrío recorrerle todo el cuerpo hasta los dientes.