Cuento: La vacuna

Este cuento se publicó originalmente en la Revista Vías Alternas. Curiosamente es un cuento que siempre gusta mucho a las mujeres y a los atormentados por el amor... Disfrútenlo :D

La vacuna

Ódiame por piedad, yo te lo pido...
¡Ódiame sin medida ni clemencia!
Más vale el odio que la indiferencia.
El rencor hiere menos que el olvido.

Último Ruego/ Federico Barreto
Andrei Peña

Treinta años, Braulio. Treinta años nos costó encontrarnos de nuevo. Tuvo que pasar todo ese tiempo para hoy poder escribirte lo que callé porque no estabas. Es inocente pensar que no supieras nada de mí; me habrás visto en las revistas o en la televisión. No quiero parecer presumida, en realidad ya estoy harta de ver mi rostro sonriente en todos lados, pero después de un Nobel tan polémico, creo que es un buen momento para aceptarlo.
Me quedé perpleja al reconocerte, no lo puedo negar. Nunca pensé que te encontraría en esta ciudad, y mucho menos en un restaurante que nadie conoce. En realidad, siempre creí que nunca habías regresado, que tu vida estaba allá desde hace mucho.
El rostro no te ha cambiado tanto, tus ojos son tal y como los recordaba, pero, tu mirada parecía triste, ¿o me equivoco?
“¿Fue por mí?” me preguntaste “¿Hiciste una vacuna contra el enamoramiento por mí?” Te daré un punto para tu historial de soberbia: sí, a secas. Cuando descubrí el funcionamiento de las “endorfinas del amor” —nombre estúpido que decidieron ponerle—, llevábamos separados ya un buen tiempo. Sabía de tu matrimonio, del niño que estabas criando y del mar que nos mantenía separados. Creo que puedes suponer cómo me sentí en ese momento y tu influencia en mi trabajo. No es un reclamo actual, sólo quiero recordarte el origen de todo.
Te diré algo que nadie más sabe y espero que así se quede: la idea original era producir el enamoramiento, no bloquearlo. Tenía una idea estúpida si la analizas fríamente, una especie de toloache fundamentado en la ciencia.
En aquel entonces no podía pensar en nada que no fueras tú, vivía con esa sensación de que te llevaste algo mío con tu partida, algo que nunca regresó y tuve que sustituir con interminables horas de trabajo y estudio. La investigación era mi refugio cuando lloraba al recordarte en la cama con ella, o el hecho de que jamás te volvería a ver. Fueron muchos años, y a pesar de los nuevos encuentros, de la gente y los cambios que traen cuando llegan, seguías presente en mí… eras el objetivo de mi estudio.
Cada año te sentía más lejos. Estaba bloqueada en mi trabajo, con gran falta de concentración y la amenaza constante de perder la beca. Pero el principal problema era que no podía inyectar el reactivo en los animales. ¿Cómo saber si una rata está enamorada? Estúpido, ¿verdad?
Me dediqué entonces a buscar gente con una sola característica: que desearan ser amados por sus parejas con la misma intensidad que ellos lo hacían. No fueron difíciles de encontrar. Bastaba echar un vistazo a los anuncios en el periódico o en Internet. Había mucha gente solitaria, que bebía de canciones de traición, soñando con finales felices: un buen hogar, niños chapeados y demás fantasías. A cada uno de esos personajes les pedí en la clandestinidad —ya sabrás que fue denunciada tiempo después—, que disolvieran el compuesto en cualquier bebida de sus parejas. Se volvieron mis “asistentes”, reportándome cada una de las reacciones. En un inicio canté triunfo, acompañándolos en su regocijo. La pequeña dosis había bastado: las personas víctimas —porque eso fueron desgraciadamente— estaban repletas de un enamoramiento enfermizo, lleno de ternura, lejos de una cursilería falsa. Se olvidaron de todo lo básico, esa semana sólo vivieron para ellos.
Me siento estúpida al contarte esto, pero en esa semana te busqué. Nadie sabía bien en dónde estabas. Tu familia me trató como una loca, se negaron a ayudarme, no conseguí un número o algún dato que me diera señales de ti. En realidad me alegro de no haberte encontrado.
Cuando esos siete días pasaron, en medio de mi desesperación por verte, descubrí el efecto que mi invención tenía en realidad: esa aceleración del enamoramiento lo extinguía con la misma intensidad. Las personas que lo ingirieron dañaron de forma permanente sus glándulas, no secretaron más endorfinas, los neurotransmisores se bloquearon y una vez agotados, su comportamiento se volvió indiferente a toda emoción, como el que vemos ahora en cada esquina.
Revisé todo de nuevo, recopilé los últimos datos de los asistentes, lidiando con sus arrebatos de dolor. Me buscaron llenos de ira, porque quienes los amaron de una forma maravillosa aquella semana, no sólo ya no lo hacían, sino que los trataban con la peor indiferencia. Pasé el resto del tiempo escondida en hoteles, con un miedo terrible a que me encontraran, descifrando desesperadamente cómo corregirlo. Sabía que no era un daño cerebral, quienes habían ingerido la vacuna recordaban todo, incluso podían evocar cada uno de los momentos en la relación, pero no les producía nada, al platicarlo era como si hubiese sido una nota en el periódico o algo sin importancia, carente de todo dolor, rencor o una muestra de que al menos les importara. Decidí parar todo unos meses, no podía continuar en medio de tanta frustración. Había generado un mal, algo que destruía todo lo que quería.
El escándalo no tardó en desatarse. Uno de los sujetos hizo público lo que había pasado con su expareja. Las cámaras de la prensa comenzaron a perseguirme. Fui detenida y llevada a juicio. Pero a diferencia de lo que yo esperaba, la parte acusadora, aquella mujer que bebió la dosis por culpa del dolor de otro, retiró todos los cargos, alegando con una cara sin expresión que le parecía sin sentido lo que ocurrió. Lógicamente salí libre, con un escándalo al que los medios le perdieron interés al no terminar conmigo en las rejas.
Decidí empezar de cero, alejarme de mi idea romántica de un enamoramiento casi instantáneo, y concentrar mis esfuerzos en algo benéfico, que me desprendiera de la porquería en mi cabeza. Me sentía una fracasada completa, y no sólo como médico, sino como persona. No podía creer que aún tuvieras tanta influencia en mí.
A pesar de mi aislamiento, el hombre del juicio dio conmigo, su exmujer había retirado los cargos. Su aroma era una mezcla de licor caro y saliva amarga. Desbarató la habitación como si yo hubiera ocultado el amor que perdió. Me amenazó de muerte, quería vengarse de mí por haberle destrozado todo. Temí por mi vida, pero lo aceptaba con resignación, al fin y al cabo era su derecho, yo le debía semanas de sufrimiento. Me apuntó al rostro con un rifle, una antigüedad heredada, supongo. Lloré tanto y pensé en ti. ¡Carajo! Cerré los ojos y fuiste lo único que pasó por mi cabeza. Esperé en la obscuridad, hasta que sentí el abrazo de su cuerpo cálido. Suplicó mi ayuda, con tanta ternura e impotencia; quería extirpar cualquier sensación de dolor, no podía seguir viviendo de esa manera. Me compadecí de él y lloré a su lado hasta que no salió una lágrima más.
Desde el momento en que lo bebió estuve frente a él. Ayudarlo sólo justificó mi curiosidad de observar ese amor. Y valió la pena. Nunca me había sentido tan amada, tan deseada. Mi idea original se cumplió. Yo no lo produje lo sé, era un efecto químico, se volvió un títere de su propio sentir y me entregó su corazón para que se extinguiera en mí. Puedo decirte que nunca fui tan feliz. Después llegó lo inevitable, comenzó a reaccionar, la venda del amor cayó y sus expresiones fueron tan ajenas. Se veía tranquilo, con una dicha interior muy extraña.
Partió sin despedirse. Sentí la misma nostalgia y dolor que antes. Pensé en que el enamoramiento nunca podría justificar esa sensación de abandono. Se paga un precio muy alto. ¿Por qué no podía durar eternamente como todo mundo soñaba?
Me deshice de todo el reactivo, sólo guardé una dosis. La metí en la medalla de cristal cortado. Sí, la misma que me regalaste en nuestra graduación. En mi pecho, su color rosado ha sido un recordatorio de mi sueño.   
Meses después me llegó una invitación de financiamiento; una corporación farmacéutica —te imaginarás cuál—, quería la patente. El hombre tenía los contactos y logró convencerlos del buen negocio que representaba… Él era un ejemplo perfecto.
Accedí. No tenía nada que perder, el dinero me hacía falta, así que les entregué todos mis reportes de investigación. Dejé que ellos la desarrollaran desde mis notas. Había jurado jamás meter las manos de nuevo en su creación.
Tardaron varios años en posicionar el fármaco a nivel internacional, entre movilizaciones en su contra, amenazas legales, debates sobre el uso seguro en pacientes y una larga discusión de las implicaciones éticas del amor. Al final se aprobó, con varias modificaciones para prevenir la manipulación: esa semana “mágica” fue prohibida y la fórmula reprocesada hasta que se redujo a una noche de sueño. Lo que hoy se consume produce el enamoramiento durante siete horas, pero al estar mezclado con somníferos, no hay tiempo para reaccionar.
Aquí empieza la historia que ya conoces. Por cuestiones de mercado lograron clasificarlo como un antidepresivo, y en un par de años ya era un producto de uso común en la Psiquiatría.
Y así surgió, ¿un bien a la humanidad? Nunca he estado conforme con lo que hice, pero aun así vivo de ello. Me reclamaron tantas veces que un mundo sin amor es triste y sin sentido, y sé a qué se referían: cada vez que paseo por las calles extraño ver a las parejas enamoradas. Soy la menos indicada para tener nostalgia por una época que yo ayudé a destruir, pero a pesar de todo era bello, muy distinto a lo que es ahora: con una población a la baja y adolescentes despreocupados que van de pareja en pareja como perros.
Dijiste que hablara de mí, y lo he hecho de esta forma, ahora quisiera que pensaras en lo que tú representas en la actualidad, de cómo tu imagen en mi mente transformó a este mundo en un lugar de robots hechos de carne.
Supongo que nunca habrás tomado una dosis, lo noté en tu comportamiento cuando nos encontramos. Quienes lo hacen, presentan los efectos secundarios que no se pueden controlar, las miradas perdidas, el desinterés por los otros, una especie de autismo funcional. Pero no, tú parecías tan “humano”, sea lo que eso represente ahora.
En algún momento me perdonarás por lo que hice. Pero no quiero que lo entiendas, sólo siéntelo. ¿Tu whisky en el restaurante te supo algo raro? Supongo que habrás notado los pedazos de cristal sobre la mesa cuando regresaste del baño. Sé que hizo efecto en ti, tu forma de mirarme fue la misma de hace tiempo. Siento no haberme despedido y fingir una llamada para escapar de ahí, pero entenderás que fue algo espontáneo.
Quizás me estés buscando desesperadamente mientras escribo esto, golpeando en cada uno de los directorios, con esa sensación de vacío que te corroe al buscar en cada rostro y cada cuerpo un rasgo familiar, único. Tal vez sentirás el dolor de reconocer voces similares a la de quien amas o de pasear por los lugares en donde alguna vez caminaron juntos… créeme, tengo experiencia en ello.
No me encontrarás, tenlo por seguro. La casualidad nos costó treinta años, quizá la próxima tarde más. Sólo tienes este correo y es difícil que puedas rastrearme o que te importe hacerlo después de una semana.
Pero no te preocupes, este sentimiento de abandono no durará eternamente. ¿Una semana es mucho para esperar que pase? Yo lo hice en años.
En cierta medida te envidio, nunca sabré en carne propia el enamoramiento que produce esa dosis. Te di lo último, lo que reservaba para mí en algún momento, pero siempre serás más importante que yo, Braulio.